Cuenta la leyenda del Minotauro que el príncipe ateniense, Teseo, se ofreció a entrar al laberinto dónde vivía atrapada la bestia y terminar con su vida.
Cada año, el Minotauro se devoraba a 7 muchachos y 7 doncellas que le eran entregados como ofrenda y ese sacrificio debía terminar.
Ariadna, quién había quedado eclipsada por la valentía de Teseo, decidió entregarle un ovillo de lana que él debía atar a la entrada del laberinto para que, una vez que derrotara al Minotauro, lo guiara de regreso.
El plan funcionó.
EL OVILLO HACIA LA LIBERTAD.
En la vida, todas hemos atravesado nuestros propios laberintos. El ovillo de lana que nos marcó el camino de regreso es nuestra metodología. Nos muestra cómo salir de ese laberinto ya superado. Es nuestro deber poner ese saber al servicio.
Tenemos que compartir con los demás lo que sabemos.
En este colegio de una sola aula que llamamos Tierra, no todos aprendemos las lecciones al mismo tiempo. Hay aptitudes que dominamos y en otros campos, somos principiantes. Esas asignaturas que superamos, están ahí para que compartamos ese saber con otros que serán alumnos. En otros campos, los papeles pueden intercambiarse.
Así pues, todos somos maestros y alumnos y debemos compartir ese conocimiento con otros. Las relaciones nos sirven para desarrollarnos.
Esta idea la leí del psiquiatra Brain Weiss, en su libro “Los mensajes de los sabios”.
Aportar lo que sabemos a los demás es el concepto sobre el que me gusta pensar a las marcas. Pedimos mucho, a Dios, al Universo, pero ¿estamos dando mucho también?
En el DAR hay evolución, hay mucha siembra personal, pero para llegar a ese lugar de maestría, hay que caminar, buscar, perderse y trascender laberintos.
Tu ovillo de lana ¿de qué laberinto te liberó?
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Te abrazo. Gracias por estar ahí.
Sonia


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